Crecí en una familia unida, de esas donde la mesa siempre estaba llena y el cariño se expresaba en reuniones con risas y bromas constantes. Pero también crecí escuchando comentarios directos sobre los cuerpos “¿qué te panzó? estas más gorda”. Y frases como “no llores, pareces nenita”, “juegas como niña” o insultos que hoy reconozco por lo que son, violencia normalizada. Palabras como j*to, m&rica o put* se decían entre los hombres como si fueran chistes inofensivos, incluso dirigidas a infancias. Nadie las cuestionaba, yo tampoco.
Durante mucho tiempo pensé que eso era solo una forma ruda de convivir, un juego entre hombres. Hoy, como mujer adulta y madre de un hijo trans, miro ese pasado con otros ojos. Y duele, duele entender que esas prácticas que parecían inofensivas construyeron espacios inseguros, especialmente para quienes no encajaban en la idea rígida de lo que debía ser un hombre o una mujer.
Cuando te sensibilizas en temas de la comunidad LGBTTTIQ+, algo se reacomoda por dentro. Empiezas a ver que los chistes no son neutros, que el lenguaje no es solo lenguaje, y que la violencia no siempre grita, a veces se ríe, se disfraza de broma y se hereda de generación en generación. Entiendes que crecer escuchando burlas sobre lo femenino, lo diverso o lo distinto deja marcas profundas. Y que, para una persona trans, esas marcas pueden convertirse en miedo, ansiedad o silencio.
Por eso las fiestas decembrinas son tan complejas para muchas personas de la comunidad LGBTTTIQ+. Mientras afuera se habla de unión, amor y celebración, para elles las reuniones familiares pueden significar volver a espacios donde su identidad es cuestionada, ridiculizada o negada. Donde tienen que decidir entre soportar comentarios hirientes o ausentarse para proteger su salud mental. Donde el “es broma” pesa más que su dignidad.
Erradicar estos comportamientos es una cuestión de cuidado y de derechos humanos. Las palabras que usamos enseñan qué vidas importan y cuáles pueden ser objeto de burla. Los chistes machistas, homofóbicos y transfóbicos refuerzan la idea de que hay identidades inferiores, y eso impacta directamente en la seguridad emocional y física de las personas.
Convertirnos en personas y espacios seguros empieza por algo básico y profundamente incómodo: cuestionar lo que normalizamos. Implica detener el chiste, corregir el comentario, no reír para encajar. Implica escuchar cuando alguien dice “eso duele”, aunque nunca nos haya dolido a nosotres. Significa respetar nombres, pronombres, identidades, expresiones, parejas y decisiones, sobre todo en la intimidad familiar.
Un espacio seguro no es aquel donde “no se habla del tema”, sino donde nadie tiene que esconderse para sobrevivir a la reunión. Donde el amor no está condicionado a cumplir expectativas de género. Donde las infancias no aprenden que lo femenino es un insulto ni que la diversidad es motivo de burla.
Como madre de un hijo trans, tengo claro que protegerle también implica confrontar mi historia familiar, desaprender lo aprendido y no justificar violencias con nostalgia. Las tradiciones que valen la pena son las que cuidan, no las que la ponen en riesgo.
Si queremos que las fiestas decembrinas y cualquier reunión familiar sean realmente espacios de encuentro y no de amenaza, necesitamos hacernos responsables de lo que decimos, de lo que permitimos y de lo que callamos. El respeto no rompe familias. La violencia, aunque venga envuelta en risas, sí.

