Sentimientos de una chica trans.
Disfrutar el proceso ha sido como marchar por una calzada infinita, una campaña llena de dudas donde solo alcanzaba a ver, en la distancia, la silueta de la mujer que algún día soñé ser. Me sentía hecha por partes, como arcilla mal amasada, mientras el estrógeno obraba en mí con la lentitud de un ejército que avanza paso a paso, recordándome que mi cuerpo vive una segunda adolescencia, una transformación tardía pero inevitable.
En ese avance encontré, como en un viacrucis trans, a la Verónica: mi rostro antiguo, mis proyectos heridos, la niña que sobrevivió ocultándose. Yo misma limpié mis heridas con mis lágrimas, mirándome en los mismos espejos donde antes solo veía miedo. Y así, enjaulada, entre duelas que crujen como escudos rotos, entendí que este año no fue para vivir: fue para sobrevivir. Para mantenerme femenina y viva cuando mil veces quise aniquilar esa parte íntima de mí que pedía nacer.
Perdí. Mucho. Como se pierde en una guerra donde casi todos caen. Pero en esos campos arrasados recuperé a la niña que quedó atrapada en una casa de fantasmas. Y esa victoria —pequeña pero divina— me recuerda que merezco vivir, ser lo que siempre imaginé a escondidas, ser esa mujer que mis anhelos coronaron en silencio.
Aprendí también a moverme como en la arena de un coliseo: comer o ser comida. Ser presa cuando quiero, carne, deseos y placeres, sin olvidar que en el fondo vive una mente brillante a la que alguna vez intentaron callar. Pero ya no soy botín de mis propios demonios.
Y sé que volveré a esta ciudad de polvo, pero no como antes. Volveré como una general que elige con quién comparte su mesa. Seleccionaré mis alianzas, escucharé el pulso de mis cicatrices ya curadas, y caminaré con la certeza de quien sobrevivió su propia guerra y aún tuvo fuerza para levantar la bandera de sí misma.
Texto escrito por Cayetana Iglesias.
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